EI Museo Frida Kahlo presenta una nueva exposición: “Frida Kahlo, sus fotos”, en la que se muestra una selección de más de 200 imágenes de las 6 mil 500 que conforman el archivo de la Casa Azul. Se trata de un conjunto significativo de las fotografías que le sirvieron a la pintora mexicana como recuerdo, como herramienta de trabajo, como medio para exorcizar la soledad. La exhibición “Frida Kahlo, sus fotos”, cuya curaduría diseñó el fotógrafo e historiador de la fotografía en México Pablo Ortiz Monasterio, ilustra la importancia que tuvo este medio en la vida de Frida, incluso desde su infancia ya que su padre y su abuelo fueron fotógrafos de profesión. En la casa de Frida siempre hubo cámara y retratos. Patricia Cordero Frida Kahlo, sus fotos Frida Kahlo tuvo una relación especial con el medio fotográfico. Su padre Guillermo Kahlo y su abuelo materno fueron profesionales de la cámara. Desde niña la fotografiaron y sobre la fotografía Frida escribió: “Sabía que el campo de batalla del sufrimiento se reflejaba en mis ojos. Desde entonces, empecé a mirar directamente al lente, sin parpadear, sin sonreír, decidida a mostrar que sería una buena luchadora hasta el final.” Este archivo es producto del tesón de Frida que lo guardó, trabajó y disfrutó. Están aquí las fotos de la artista y también muchas que le guardó a Diego. El acervo refleja de manera clara los intereses que la pintora tuvo a lo largo de su tormentosa vida: la familia, su fascinación por Diego y sus otros amores, el cuerpo accidentado y la ciencia médica, los amigos y algunos enemigos, la lucha política y el arte, los indios y el pasado prehispánico, todo ello arropado con la gran pasión que tuvo por México y lo mexicano. Pablo Ortiz Monasterio
Las fotos de Frida: Huella y memoria Frida Kahlo tuvo una relación muy especial con la fotografía. Más allá de sus antecedentes biográficos -tanto su padre, Guillermo Kahlo, como su abuelo materno fueron fotógrafos profesionales- ella dio a la fotografía diferentes usos: coleccionó daguerrotipos y tarjetas de visita del siglo XIX, guardó fotografías que incluso intervino, recortándolas, escribiendo dedicatorias y personificándolas como si se tratase de pinturas. La fotografía fue para Frida regalo entre amigos, reliquia para recordar a sus antepasados, lenguaje para armar escenas creadas para la ocasión, medio para posar y verse retratada y, sobre todo, herramienta de trabajo que inspiró su obra artística. Esta exposición muestra una serie de 200 imágenes que pertenecían al acervo personal de la artista y que eran en su mayoría desconocidas. Ahora se agrupan temáticamente en seis salas. La exhibición no pretende retratar una biografía cronológica, sino exponer retazos de la historia personal de una artista, de un país y de una época. Se trata de un collage fotográfico compuesto por imágenes que, a modo de re-presentaciones, nos permite descubrir facetas nuevas de una personalidad clave del siglo XX. El Fideicomiso del Museo Frida Kahlo y Banco de México, y su comité técnico tienen el privilegio de presentar esta muestra, a la vez que el nuevo predio que se ha incorporado al museo. Estas nuevas salas de exposición servirán para dar a conocer, ahora y en exhibiciones subsecuentes, la gran cantidad de material que conforma los acervos de la Casa Azul. En esta ocasión, la curaduría fue realizada por el reconocido fotógrafo Pablo Ortiz Monasterio, quien analizó el archivo fotográfico que consta de más de 6000 mil imágenes. Para “Frida, sus fotos” se han seleccionado 250 reproducciones, atendiendo a seis temas principales: los padres de Frida, la artista misma, el cuerpo roto, los amores de Frida, la fotografía de época y el ojo de Diego. El valor mismo de las imágenes como testimonios históricos es innegable, pero también lo es por la talla de las lentes que se pueden encontrar en estos muros: Man Ray, Martin Munkácsi, Fritz Henle, Edward Weston, Brassaï, Tina Modotti, Pierre Verger, Lola y Manuel Álvarez Bravo, por citar algunos. Sólo queda esperar que el público disfrute de esta nueva cara del Museo Frida Kahlo y aprecie el enorme legado de Frida y Diego: el tesoro fotográfico que resguarda la Casa Azul. Sala 1 “(…) Recibe cariñosos saludos de parte de tu agradecido papá, quien te quiere mucho; ya lo sabes,¿verdad? Aunque les dé un poco de envidia a las demás.” Guillermo Kahlo a Frida, 1932 (…) su madre era la encarnación de sus emociones contradictorias, sus deseos racionales e irracionales, la aceptación de su femineidad, de su naturaleza maternal y del alma de México.
El álbum fotográfico es ya un objeto relevante desde mediados del siglo XIX: “Empastado en piel repujada o en tela, el álbum de familia es un objeto imprescindible en los hogares a partir de 1865, cuando la tarjeta de visita facilita la circulación de imágenes y ofrece la oportunidad de obtener varias copias. El álbum se convierte en el núcleo de la memoria familiar: tiene su lugar de honor en la sala, montado en un atril sobre el piano cubierto por el inevitable mantón o en la biblioteca, entre los clásicos de la literatura y las enciclopedias. Una máquina nemotécnica que se exhibe una y otra vez y desencadena innumerables relatos íntimos, compilación de anécdotas familiares”. Para Frida, el álbum familiar es, efectivamente, una máquina contra el olvido y una herramienta para encontrar la historia personal. Esta sala recoge algunos de los retratos familiares más representativos del archivo de Frida. Además de las imágenes de grupo, en las que se adaptan los cánones fotográficos del siglo XIX de gusto victoriano a la cultura mexicana, sobresalen las fotografías de abuelos maternos y de sus padres, Matilde y Guillermo. Matilde Calderón es la segunda esposa de Guillermo Kahlo. Mestiza originaria de Oaxaca, pero con sangre española, es una mujer recia y profundamente religiosa. Es ella quien le enseña a Frida el gusto por la vestimenta indígena. Por su parte, Guillermo Kahlo es un emigrante alemán, un hombre pequeño y reservado, de quien Frida aprende el gusto por la ciencia, el arte y, ante todo, la fotografía. Las numerosas imágenes de Guillermo, quien se fotografió a sí mismo en diferentes ocasiones y por diversos motivos a lo largo de su vida, dejaron una huella imborrable en Frida: la potencia del autorretrato. Sala 2 Toda luna, todo año, Extracto de Chilam Balam (…) muchas de las fotografías de la Casa Azul se construyeron mediante el juego que los retratados establecieron con la cámara, por un lado, y con los códigos familiares y sociales, por el otro. Si estas fotos son fascinantes no es por la información objetiva que derivamos de ellas, sino porque en ellas se congela, en una especie de presente perpetuo, el drama social de la Casa Azul. Laura González Flores (UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas) en Frida comenzó a posar para su padre desde muy pequeña, actividad que siguió practicando durante toda su vida de la mano de importantes fotógrafos. Gracias a ello, acumuló y regaló infinidad de retratos donde desarrolló, como también lo hacía con sus pinturas, la construcción de su fuerte identidad. Por ello, hay siempre similitudes evidentes en muchos de sus retratos: mirada penetrante y directa al objetivo, semblante serio, rectitud casi marcial. Contrastan con estas imágenes otras donde ella aparece con familiares y amigos disfrutando de La Casa Azul, escenario de muchas de sus sesiones fotográficas. Si bien algunas son fruto del trabajo conjunto de Kahlo con el fotógrafo en un ejercicio artístico, otras muestran a la mujer en momentos de distracción. En conjunto, dejan adivinar una parte misteriosa, dolorosa de Frida, -la otra cara de la luna. Sala 3 De radiografía en radiografía, de interrogatorio en interrogatorio, de cirugía en cirugía ―junto con los lienzos y la escritura y las numerosas fotos que le toman o que se hace tomar― se va conformando el collage que le permite a Frida ver desde fuera, inventar, imaginar, ese universo descompuesto que es su cuerpo. Mauricio Ortiz en “El cuerpo roto”, pp 4-5. En 1925 Frida sufrió un grave accidente que la mantuvo por meses en la inmovilidad. A partir de entonces, las estancias hospitalarias, las dolorosas intervenciones quirúrgicas y los largos periodos de medicación fueron episodios comunes en su biografía. La foto que domina la sala, y que es una composición propia de la artista, alude a este accidente. La serie inicia con el rostro de Frida viajando en tren –no el del infortunio– y el resto retrata cuartos de hospital. Llama la atención que haya varias tomas de una misma fotografía y que, en medio del cuerpo roto, sobresalga la serie que le hiciera Nickolas Muray a Frida. Apartada de su imagen imperturbable, ella es vista con el pelo suelto, emanando sensualidad. Recostada sobre la cama, enseña su espalda desnuda, en una imagen que guarda estrecha relación con su obra Árbol de la esperanza mantente firme. Contrastan con estas imágenes curiosas fotografías intervenidas por la artista: recortes fotográficos mutilados donde Frida elimina o elige a algunos de sus protagonistas. Estas imágenes cobran un valor significativo. Frida elige rostros, personajes, y desecha la historia que narran las fotografías. La ausencia se convierte en poderosa presencia. Otras fotografías muestran los efectos del tiempo o de la polilla, como el retrato al que le faltan boca y orejas. Son caprichos del tiempo, accidentes también. Otras fotografías -como las de su sobrino Carlos Veraza- están dedicadas una vez cortadas. Otras más hacen evidente algún episodio en la vida de Frida, como aquélla en la que seguramente aparecía con Carlos Chávez, el director del INBA, y con el que tuvo discrepancias. Resulta curioso que Frida haya guardado también las fotografías de la que hace los recortes. Las imágenes antiguas, con manchas propias del tiempo y de los químicos, subrayan el deterioro. Así, el cuerpo roto y las fotografías cortadas y estropeadas hacen eco de una vida. Dos conjuntos de imágenes cierran la sala: los indígenas, visitantes comunes de la Casa Azul, y las piezas arqueológicas. Frida y Diego no sólo tuvieron un interés por la población original de estas tierras, sino que fueron sus férreos defensores. Estas imágenes son también fragmentos de un pasado al que ambos artistas se acercaron con orgullo. Las fotografías de estos indígenas seguramente sirvieron como modelos para los murales de Diego. Sala 4 (…) son más bien fragmentos de rumores preservados en plata gelatina, tan sesgados y subjetivos como cualquier murmuración, habladurías más que testimonios. Los amores de Frida fueron sus amigos más cercanos, sus familiares, sus amantes y, ante todo, Diego. En esta sala se concentran las imágenes de mujeres y hombres importantes en la vida de Kahlo y que ella conservó a modo de recuerdo. Estas fotografías, más o menos explícitas, muestran también la efusividad con la que Frida trató a esos retratos, como si se tratara de las personas mismas. Destacan las fotos de Frida y Tina Modotti–quien incluso asesoró en ocasiones a Kahlo en cuestiones fotográficas-, de Dolores del Río, Arcady Boytler –productor cinematográfico-, de Alice Rahon –pintora también-, y, sobre todo, la de Diego que, gracias al montaje, mira complacido a una modelo desnuda. Sala 5 Gracias al interés de Frida por el arte fotográfico y a su relación con destacados fotógrafos, la pintora conjuntó un grupo numeroso de imágenes que son joyas tanto por su calidad visual, en el caso de las anónimas, como de su factura, en el caso de las firmadas por grandes artistas. En esta sala se muestran desde tarjetas de visita del siglo XIX hasta retratos realizados por destacados autores de la historia fotográfica y amigos personales de Frida: Guillermo Kahlo, Man Ray, Martin Munkácsi, Fritz Henle, Edward Weston, Brassaï, Tina Modotti, Pierre Verger, Lola y Manuel Álvarez Bravo… De esas fotografías destaca no sólo su autoría, sino también la particular visión que cada uno de estos profesionales tenía del país y su cultura, de la historia de México y de sus protagonistas. Cada fotógrafo regaló personalmente las imágenes a Frida e incluso ella utilizó algunos de estos motivos para su pintura, como el caso del gato negro de Martin Munkácsi. Sobresalen los retratos del periodo revolucionario de Tina Modotti y de Edward Weston -unas de las más valiosas en esta colección- junto con las tres fotografías tomadas y firmadas por Frida Kahlo y el conjunto de imágenes no firmadas, pero cuya autoría puede adjudicarse a la pintora. Dentro del archivo de Frida también hay un nutrido conjunto de imágenes relacionadas directamente con la etnografía. Estas escenas cotidianas del México prerrevolucionario y revolucionario que Diego y Frida utilizaron como herramientas de trabajo para sus los lienzos además destacan por su valor como documentos históricos y fotográficos. Sala 6 El archivo fotográfico encontrado hace poco en la Casa Azul permaneció inaccesible por cinco décadas y reveló numerosas imágenes que no pertenecieron a Frida: Diego también almacenó muchas fotografías relacionadas con cuestiones políticas o tecnológicas. Contrastan las imágenes de las industrias y el progreso tecnológico del sistema capitalista -en particular de la fábrica de Ford- con las fotografías del régimen nazi, los retratos de líderes del socialismo que Rivera colecciona -Lenin, Stalin, Trotsky-, las reproducciones de fábricas rusas y las imágenes de la vida cotidiana en las repúblicas socialistas, que el pintor adquirió cuando, pasando por Berlín, viajó a Rusia en l927. Las imágenes, con evidente carga política, fueron minuciosamente escrutadas por el ojo de Diego. Curioso es que ese agudo ojo haya sido captado en una impactante fotografía tomada por Frida, quien viera siempre a Diego con admiración y profundo cariño. Textos:
La exposición Frida Kahlo sus fotos ampliara su exhibición hasta diciembre 2010
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Video: Exposición "Frida Kahlo, sus fotos" |
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Londres 247 |
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